Pocas estampas hay más hermosas que los cerezos en primavera. La flor del cerezo, con su color blanco y rosa pálido, tiñe los valles de alegría de un modo que ninguna otra planta es capaz de igualar. El manto de flores revela los secretos de la naturaleza de un modo difícil de entender.

 

La floración en Japón

En Japón, la floración del cerezo ha dado lugar a una festividad tradicional conocida en todo el mundo, el hamami. Se celebra a finales de marzo o principios de abril, con una excursión a lugares donde florecen los cerezos, acompañado por la familia y los amigos. Consiste en reunirse con los seres queridos, pero también es una forma de entrar en contacto con la naturaleza y de reflexionar sobre el carácter efímero de la vida. La belleza de la sakura, la flor del cerezo, es muy grande, pero efímera, ya que tan solo dura unos pocos días.

Muchas fotos habremos visto de los cerezos en primavera al pie del Monte Fuji. Pero no es necesario viajar tan lejos para entender por qué las tradiciones sintoístas le atribuyen un carácter espiritual a esta época del año.

 

El cerezo en flor en el Valle del Jerte

En el Valle del Jerte dos millones de árboles alfombran de blanco puro un espacio natural ya de por sí hermoso. Desde los años 70, el Valle celebra la Fiesta del Cerezo en Flor en los diez o doce días que dura la vida de las flores. Desde 2010 está considerada como festividad de Interés Turístico Nacional.

Aún no se sabe la época en la que florecerán los cerezos en primavera en 2017, ya que suele variar entre finales de marzo y principios de abril, pero toda la información estará disponible a través de la web de Turismo del Valle del Jerte, con datos sobre todas las actividades que se organizan en esta época para dar a conocer nuestras tradiciones, cultura y gastronomía.

Resultan muy recomendables las rutas de senderismo, que los cerezos en primavera convierten en una experiencia mágica. La revista de vida sana Punto Fape nos deja un buen ejemplo de recorrido a pie rodeado de cerezos en primavera. Comienza en el puerto de Tornavacas, pasa junto a numerosas gargantas cristalinas, hace una parada en las ruínas de la Ermita de Santa María y discurre por la orilla del río Jerte. Digna de caminarse.

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